
Sangre, un parásito con el mismo efecto del Ozempic y mujeres desesperadas por amor… El clásico de Disney nunca había sido mirado desde un lugar tan divertido y, al mismo tiempo, tan repulsivo. Esto es The Ugly Stepsister.
Cuando la viuda Rebekka y sus dos hijas llegan a su nuevo hogar, creen que por fin algo bueno está comenzando. Pero la ilusión dura poco. La muerte repentina del hombre de la casa deja a esta familia recién armada flotando en la incertidumbre, y empuja a Rebekka a poner todas sus esperanzas en su hija mayor, Elvira. El problema es simple y cruel: Elvira no es “la bonita”. Así que la solución tampoco es amable. Un cirujano de moral dudosa aparece como la promesa de convertirla en un buen partido.
Desde ese punto, la película acompaña con precisión la transformación de Elvira: de niña soñadora que fantasea con besar al príncipe, a una bitch consumida por la idea de ganarle a Agnes. Usa todo lo que tiene a su alcance. Se deja atravesar el ojo con un anzuelo para conseguir pestañas hermosas. Se come un parásito a escondidas para bajar de peso. Su cuerpo se vuelve un campo de batalla, y ella aprende a no mirar atrás.
Lo interesante es que su ambición nunca se siente del todo monstruosa. Elvira quiere ayudar a su familia, sí. Quiere vencer a Agnes, también. Pero, sobre todo, quiere amar y ser amada. Sueña con caminar junto al príncipe hacia un atardecer eterno, como en los cuentos. Y en ese sueño romántico disfraza algo mucho más triste: la necesidad desesperada de valer para alguien.
La estética sostiene todo esto con una fuerza hipnótica. La película se siente como una pesadilla hermosa, un cuento de hadas enfermo que brilla mientras se pudre. Esa mezcla resulta perfecta para una historia que necesita seducirte antes de incomodarte.
Emilie Blichfeldt, en su debut como directora y guionista, no destruye el cuento original: lo retuerce. Conserva su magia, pero la baja a tierra y la ensucia con problemas muy reconocibles. La rivalidad entre Agnes y Elvira no nace del odio puro, sino del miedo. Miedo a perder la única oportunidad de escapar de la miseria. Agnes lo sabe, Elvira también. Ambas están jugando el mismo juego, solo que con cartas distintas.
Por eso la película se vuelve tan adictiva. Tiene ecos de La sustancia en la forma en que expone hasta dónde son capaces de llegar sus protagonistas para rozar una perfección imposible. Y, como en muchas de estas historias, la conclusión es amarga: esa perfección solo existe cuando es validada por otros. Elvira no quiere ser hermosa para sí misma. Quiere serlo para que el príncipe la elija. Cuando eso no ocurre, todo lo que construyó se derrumba como un castillo de naipes.
The Ugly Stepsister termina siendo un viaje encantado, sí, pero profundamente desolador. Tras sacrificarlo todo, Elvira es arrastrada por su hermana menor lejos de su madre, en un gesto torpe pero lleno de amor: un intento por salvarla y salvarse de repetir el mismo destino. La película cierra con una pregunta flotando en el aire: ¿alguien fue realmente feliz? ¿Alguien consiguió su final soñado?
Y aunque nadie lo diga en voz alta, la respuesta parece clara: la hermanastra fea nunca iba a ganar este cuento.